Fragmento de una carta que le dirige la artista Emma Reyes a su amigo Germán Arciniegas en 1969 y donde se da cuenta de su infancia en Bogotá

“En nuestra pieza no había ni luz eléctrica ni inodoro; nuestro único inodoro era esa bacinilla, ahí hacíamos lo chico y lo grande, lo liquido y lo sólido.”

“Nuestra vida se pasaba en la calle; todas las mañanas yo tenía que ir al muladar que estaba detrás de la fábrica para vaciar la bacinilla que habíamos usado todos durante la noche; era una enorme bacinilla blanca esmaltada pero de esmalte ya quedaba muy poco. No había día que la bacinilla no estuviera llena hasta el tope y los olores que salían de esa bacinilla eran tan nauseabundos que muchas veces yo vomitaba encima.

En nuestra pieza no había ni luz eléctrica ni inodoro; nuestro único inodoro era esa bacinilla, ahí hacíamos lo chico y lo grande, lo liquido y lo sólido. El viaje de la pieza al muladar con la bacinilla desbordante eran los momentos mis amargos del día. Tenía que caminar casi sin respirar, con los ojos fijos sobre la caca, siguiendo su ritmo poseída del terror de derramarla antes de llegar, lo que me traía castigos terribles; la apretaba fuertemente con las dos manos como si llevara un objeto precioso.

El peso también era enorme, superior a mis fuerzas. Como mi hermana era más grande, tenía que ir a la pila a traer el agua que necesitábamos para todo el día y el Piojo iba por el carbón y sacaba la ceniza, así que nunca me podían ayudar a llevar la bacinilla, porque ellos iban en otra dirección. Una vez que había vaciado la bacinilla en el muladar, venía el momento más feliz del día. Allí pasaban el día todos los chicos del barrio, jugaban, gritaban, rodaban por una montaña de greda, se insultaban, se peleaban, se revolcaban entre los charcos de barro y con las manos escarbaban toda la basura a la búsqueda de lo que llamábamos tesoros: latas de conservas para hacer música, zapatos viejos, pedazos de alambre, de caucho, palos, vestidos viejos, todo nos interesaba, era nuestra sala de juegos. Yo no podía jugar porque era la más chiquita y los más grandes no me querían; mi único amigo era el Cojo, a pesar de que también era más grande.”

Tomado de libro Memoria por correspondencia, Emma
Reyesde la serie Crónica de la editorial Laguna Libros,
Bogota, 2014

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